Juegos Olímpicos
Durante tres ciclos olímpicos, Vladyslav Heraskevych fue el rostro de una esperanza invernal para Ucrania. Becado por el Comité Olímpico Internacional, apoyado por los fondos de solidaridad que el organismo creó tras la invasión rusa de 2022, el piloto de skeleton llegó a estos Juegos de Milán Cortina 2026 con un objetivo claro: deslizarse sobre el hielo a más de 120 kilómetros por hora llevando consigo un peso que ninguna cronometría podría medir. Esa carga, sin embargo, jamás llegó a la pista.
En la mañana de su competencia, excluyeron a Heraskevych de la prueba masculina de skeleton. El motivo, confirmado por la Federación Internacional de Bobsleigh y Skeleton (IBSF) y respaldado por el Comité Olímpico Internacional (COI), no se trató de una cuestión de velocidad, técnica o infracción deportiva convencional. Sino de su casco… en cuyo diseño se incorporaron los rostros de atletas ucranianos caídos tras la invasión rusa.
Lo que para Vladyslav Heraskevych era un homenaje póstumo, para el COI se convirtió en una violación de sus directrices sobre la expresión de los atletas, una línea ética trazada en 2021 tras consultar a tres mil 500 deportistas de todo el mundo. Y que, según el organismo, busca preservar la neutralidad política del terreno de juego.
El conflicto, sin embargo, no estalló por sorpresa. Desde el 9 de febrero, cuando el casco apareció en los entrenamientos oficiales, se sucedieron reuniones, cartas y advertencias. El COI ofreció alternativas: un brazalete negro, una cinta, un minuto simbólico tras la carrera en la zona mixta, incluso la posibilidad de expresar el duelo en los centros multirreligiosos instalados en las Villas Olímpicas.
Heraskevych escuchó, pero no cedió. En una conferencia de prensa la noche del 10 de febrero, dejó claro que competiría con su casco. Dos días después, en la verificación técnica de la IBSF, lo confirmó por escrito. Ya entonces, su participación pendía de un hilo muy fino.
El desenlace llegó esta mañana, en el propio recinto de competición. Allí, en un encuentro cara a cara, la presidenta del COI, Kirsty Coventry —siete veces medallista olímpica y una de las voces más respetadas del deporte internacional—, mantuvo una última conversación con el atleta. Fue un diálogo breve y, a todas luces, estéril. Heraskevych mantuvo su postura. El COI, la suya. Minutos después, su acreditación para los Juegos Olímpicos quedó revocada.
La decisión, que el organismo adoptó “con pesar”, según un comunicado interno, contó con el respaldo de la IBSF y de las Federaciones Olímpicas de Invierno. Pero en los pasillos de la Villa de Cortina, el eco del caso dejó una estela incómoda: la de un atleta al que se le permitió entrenar, hablar, incluso desafiar, pero no competir.

Para Ucrania, país que ha visto a muchos de sus deportistas cambiar el chándal por el uniforme de guerra desde 2022, la exclusión de Heraskevych duele como una paradoja. Porque en su casco no había un eslogan político, ni una bandera, ni un símbolo partidista. Estaban nombres y rostros de los suyos. Hombres y mujeres con los que compartió vestuarios, pistas y sueños, y que hoy ya no están.
El COI insiste en que las normas son claras y fueron consultadas con los propios atletas. “El duelo no se expresa ni se percibe de la misma manera en todo el mundo”, argumentan, defendiendo la existencia de espacios reservados para el luto dentro del ecosistema olímpico.
Pero, para Heraskevych, que jamás pidió un minuto de silencio ni un altar, sino apenas el gesto silencioso de llevar a los suyos consigo en el descenso, la respuesta del COI suena a otra cosa: a la imposibilidad de llorar en público sin pedir permiso.
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Mientras los primeros competidores se lanzaban por la pista de Cortina, él observaba desde fuera. Sin casco. Sin carrera. Sin Juegos. Sólo con la certeza de que, a veces, la memoria también tiene un precio. Y en el olimpismo, ese precio puede ser la exclusión.