Atlético de San Luis
San Luis Potosí
La cancha donde el Atlético de San Luis enfrentó sus batallas durante décadas pronto tendrá un nuevo nombre grabado en sus puertas, uno que cambiará para siempre la manera en que los aficionados se refieren a su casa. A partir de enero de 2026, el recinto conocido históricamente como Estadio Alfonso Lastras se llamará oficialmente “Estadio Libertad Financiera”.
El anuncio, realizado por la directiva del club, formaliza una tendencia largamente establecida en el fútbol global; pero que sigue generando un palpable escozor entre los puristas del deporte: la transacción de la historia por patrocinio, la sustitución de la identidad por un acuerdo comercial. No se trata de una mera asociación publicitaria en una fachada, sino de una refundación nominal total del escenario más emblemático del futbol potosino.

En un comunicado cuidadosamente elaborado, el club enfatizó que esta acción “representa mucho más que un cambio de nombre”, describiéndolo como un “paso firme en la evolución del club con visión al futuro”. Y una “alianza estratégica” con Libertad Financiera, una institución crediticia mexicana. Los valores compartidos, de acuerdo con el texto, son el “compromiso social, raíces locales y una firme apuesta por el desarrollo de nuestra comunidad”.
No obstante, entre líneas, el mensaje económico es inequívoco. En la liga mexicana, donde la estabilidad financiera de los clubes es a menudo volátil, la venta de los derechos de nombre de un estadio representa una inyección de capital segura y a largo plazo. Es un movimiento que prioriza la solvencia en la hoja de balance sobre la tradición en las gradas, una ecuación cada vez más común en el deporte moderno.
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El estadio, inaugurado el 25 de mayo de 1999 y nombrado en honor al exrector de la UASLP, Alfonso Lastras Ramírez, atestiguó la montaña rusa de la vida del equipo: ascensos, descensos, momentos de gloria local y batallas por la permanencia. Sus tribunas absorbieron las alegrías y frustraciones de generaciones. El club intentó abordar esta carga emocional, afirmando que “reconoce y valora ese legado”, al que describió como algo que “vive en cada tribuna, gol e historia que nació bajo sus luces”.
Pero la promesa de que ese legado “se proyecta hacia adelante con un nuevo nombre” puede ser un bálsamo difícil de digerir para una parte de la afición. Para muchos, el nombre de un estadio no es un activo de marketing, sino un capítulo del libro de historia de la ciudad. Cambiarlo por una marca, por más sólida que sea, se percibe como la privatización de un espacio de memoria colectiva.
La transición, que el club prometió será “responsable y respetuosa”, incluirá un cambio completo de la identidad visual y “activaciones sociales” en los próximos meses. El reto para la directiva no será sólo logístico, sino retórico: convencer a una comunidad futbolera de que el “Estadio Libertad Financiera” puede evocar la misma pasión visceral y el mismo sentido de pertenencia que el viejo nombre que reemplaza.
Así, el fútbol mexicano da otro paso hacia su homogenización comercial. Mientras el Atlético de San Luis celebra un acuerdo que asegura su “crecimiento institucional”, las gradas se preparan para un período de ajuste. A partir de 2026, los goles ya no se celebrarán en el Alfonso Lastras, sino en un templo con nombre de banco. El tiempo dirá si la afición termina por corear el nuevo nombre con la misma fuerza con la que una vez defendió la camiseta.