Copa del Mundo 2026
Fifa
Josep Blatter
En un giro que subraya las persistentes tensiones políticas que rodean al futbol global, Joseph Blatter, el otrora presidente de la FIFA, emergió desde las sombras para sumarse a las voces que piden un boicot de aficionados a la próxima Copa del Mundo en Norteamérica. Su blanco: la administración del presidente Donald Trump.
Blatter, quien dirigió el organismo rector del fútbol mundial desde 1998 hasta su dramática dimisión en 2015 en medio de un escándalo de corrupción sin precedentes, utilizó la red social X para respaldar declaraciones inflamatorias del abogado suizo Mark Pieth. Pieth, quien una vez se encargó de supervisar las reformas de gobernanza en la FIFA, instó a los seguidores del deporte a “mantenerse alejados de Estados Unidos”, sugiriendo que los aficionados que viajen podrían enfrentar la deportación si “no complacen a los oficiales”.
“Para los aficionados, solo hay un consejo: ¡manténganse alejados de Estados Unidos! Creo que Mark Pieth tiene razón al cuestionar este Mundial”. Publicó Joseph Blatter en X.
El apoyo de Blatter, una figura cuya herencia está irrevocablemente manchada, añade una capa de cinismo a un debate creciente dentro del fútbol internacional. No obstante, también refleja una preocupación genuina que gana terreno entre federaciones y seguidores, impulsada por las políticas de inmigración y la retórica de la actual administración del gobierno de Estados Unidos.
El Mundial 2026, programado para junio y julio en sedes de Estados Unidos, Canadá y México, se ve ahora amenazado por nubarrones políticos. Las recientes restricciones de viaje anunciadas por el gobierno de Trump, que en la práctica impedirían que ciudadanos de naciones clasificadas como Senegal y Costa de Marfil ingresen al país sin visas preexistentes, encendieron las alarmas. Aficionados de Irán y Haití, cuyos equipos también están clasificados, enfrentarían barreras similares debido a una orden ejecutiva anterior.
Dichas medidas transformaron una inquietud abstracta en un obstáculo logístico concreto, poniendo en duda la promesa central de un Mundial: la unificación de las naciones a través del deporte.
En fechas recientes, Oke Göttlich, vicepresidente de la Federación Alemana de futbol, declaró al diario Hamburger Morgenpost que “llegó el momento de analizar seriamente la posibilidad de un boicot [al Mundial 2026]”. Su comentario señala que la discusión llegó a los más altos niveles del deporte.

La preocupación se extiende más allá de los visados. Algunos dirigentes futbolísticos expresaron, en privado, su aprensión ante el clima político actual de Estados Unidos, citando desde la postura sobre Groenlandia hasta el trato a manifestantes en protestas recientes. Temen un entorno hostil para una afición global diversa y apasionada.
Para Blatter, quien durante su mandato fue un arquitecto clave de la expansión comercial y geopolítica de la FIFA, la intervención es profundamente irónica. Fue bajo su liderazgo que se tomaron las polémicas decisiones de otorgar los Mundiales a Rusia 2018 y Qatar 2022, elecciones empañadas por acusaciones de corrupción que contribuyeron a su caída. Ahora, cuestiona la idoneidad de otro anfitrión, desde el margen de la irrelevancia institucional.

La FIFA, por su parte, mantiene un silencio oficial sobre los comentarios de Blatter y Pieth. El organismo se enfrenta a una crisis incipiente: garantizar el acceso y la seguridad de todos los aficionados en un país cuyas políticas de fronteras pueden estar en conflicto directo con el espíritu inclusivo que el torneo pretende proyectar.
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El llamado al boicot, viniendo de donde viene, puede ser fácilmente descartado como una provocación. Pero la ansiedad que explota es real y palpable. El Mundial de 2026, concebido como una celebración futbolística monumental en un continente unificado, está ahora en el precario cruce entre el deporte y la geopolítica, una prueba no sólo para los equipos en el campo, sino para la propia idea de un planeta futbolístico sin fronteras.