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Este próximo 8 de febrero de 2026, el estadio Levi’s de Santa Clara, California, será el escenario para vivir el Super Bowl LX, donde los Seatle Seahawks se enfrentarán a los New England Patriots. Y no sólo competirán por el trofeo Vince Lombardi de la NFL; lucharán por el alma de una era. Es un guion que desafía la cronología: un duelo de leyendas resurgentes, de filosofías perdurables y de la búsqueda de un epílogo digno para sagas que han definido la liga.
Por un lado, los New England Patriots, un nombre que durante dos décadas fue sinónimo de invencibilidad. Tras años de reconstrucción pos-Belichick/Brady, regresaron al escenario supremo no por nostalgia, sino por una ingeniería moderna. Bajo el mando del entrenador Mike Vrabel, los Patriots presentan una defensa cerebral que evoca el “Next Gen” de sus glorias. Su mariscal de campo, Drake Lee Maye, seleccionado en el draft hace dos años, maduró con una serenidad que recuerda a su ilustre predecesor; pero con las piernas de un atleta contemporáneo. La pregunta en Nueva Inglaterra ya no es “¿pueden?” sino “¿deben?” reclamar un séptimo título, cerrando un ciclo que muchos daban por terminado.
Frente a ellos, los Seattle Seahawks representan el espíritu indómito de la Costa Oeste. La franquicia, que una vez estuvo definida por la “Legión del Boom” y el genio táctico de Pete Carroll, se reinventó bajo un liderazgo joven; pero con el mismo corazón feroz y bajo la dirección de tu head coach, Mike Macdonald.
El duelo táctico entre Vrabel y el cuerpo técnico de Seattle será fascinante. Los Patriots buscan controlar el ritmo, minimizar errores y explotar las discrepancias con juego previo al snap. Los Seahawks, por el contrario, confían en el caos controlado, en big plays y en la energía emocional que los ha llevado hasta aquí.
La ofensiva de Seattle, con su capacidad para el juego de carrera explosivo, se enfrentará a la formidable línea defensiva de New England, especializada en sofocar los esfuerzos terrestres y forzar situaciones de pase largas y obvias. La protección a Drake Maye será igualmente crítica contra el pasillo de Seattle.
Por supuesto, en un duelo de esta magnitud, los nervios son un adversario más. ¿Pesará más la memoria institucional de los Patriots en el escenario supremo, o la libertad de una camada de Seahawks que juegan con la mentalidad de “nada que perder”?
Este Super Bowl tiene ecos del pasado, específicamente del Super Bowl XLIX, cuando un pase interceptado en la yarda uno le arrebató la gloria a Seattle y se la entregó a New England. Ese fantasma, sin embargo, parece más un acicate que una carga para los Seahawks actuales. Para los Patriots, es una oportunidad de demostrar que su grandeza es eterna, no ligada a un solo hombre o una sola década.
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Más que un choque de estilos es un enfrentamiento de identidades. Se espera un partido reñido, físico, donde cada posesión valdrá oro. Sea cual sea el resultado, el Super Bowl LX promete ser más que un partido. Será una reflexión sobre el tiempo, el legado y la incesante búsqueda de grandeza en el paisaje siempre cambiante del fútbol americano. Un partido, en definitiva, a la altura de su propio peso histórico.