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La tensión entre el poder institucional y el alma del deporte alcanzó un punto de inflexión cuando la UEFA, y sus 55 federaciones miembro, anunciaron una medida sin precedentes: boicot total a cualquier competición organizada por la FIFA si el organismo global sigue adelante con su controvertido plan de abrir la propiedad de la Copa del Mundo a inversores privados.
Dicha decisión, adoptada por unanimidad en una reunión de emergencia celebrada de forma virtual, supone la amenaza más grave a la gobernanza del fútbol mundial en décadas. En un comunicado, el fútbol europeo sentenció que “la Copa del Mundo no está en venta”.
La propuesta de la FIFA, revelada recientemente, contempla la creación de una filial comercial, denominada FIFA Forward Enterprise (FFE), y valorada en 20 mil millones de dólares para gestionar sus torneos, ofreciendo una participación minoritaria a inversores externos.
La respuesta de la UEFA no es meramente una disputa administrativa, sino que se trata de una declaración de principios que resuena con la esencia del deporte más universal.
“La Copa del Mundo no puede considerarse un producto de inversión. Es uno de los mayores legados deportivos del fútbol. Se ha construido a lo largo de generaciones gracias al trabajo de jugadores, selecciones nacionales y aficionados de todos los continentes. Ninguna parte de ella debería entregarse jamás a inversores privados. La Copa del Mundo no está en venta”. Remarcó la UEFA en un comunicado.
El malestar europeo trasciende la cuestión económica; se fundamenta en el proceso y en la percepción de un abuso de poder. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, vinculó el apoyo a su plan a un incentivo financiero directo: 40 millones de dólares para cada una de las 211 federaciones miembros si respaldan la propuesta antes del 19 de septiembre, una suma que se reduce drásticamente a 10 millones si el plan es rechazado.
La UEFA calificó esta estrategia como un acto de “intimidación” y un “ultimátum” que obliga a las federaciones más vulnerables a elegir entre un beneficio económico inmediato y la integridad estructural del deporte. “No se trata de una ‘decisión democrática'”, argumenta el organismo europeo, “sino de una gobernanza basada en la intimidación: un acto de coerción indigno de una institución a la que se le ha confiado la gestión del fútbol mundial”.
La UEFA, que genera unos ingresos anuales de cuatro mil 400 millones de euros solo en sus competencias de clubes, ve en el plan de Infantino una peligrosa cesión de soberanía. El argumento central de la resistencia europea es que, una vez que el capital privado adquiere un asiento en la mesa, las decisiones sobre el calendario, los formatos y el futuro del juego ya no se tomarán en función del bien del deporte, sino de la rentabilidad para los accionistas.
Las implicaciones de este boicot son profundas y afectan a la próxima Copa del Mundo Femenina de 2027, a celebrarse en Brasil. Así como también a los procesos de clasificación que ya deberían estar en marcha. “Ninguna selección nacional de la UEFA participará en ninguna competición de la FIFA mientras estas propuestas sigan vigentes”, advierte el comunicado, dejando la puerta abierta únicamente a un abandono total de la propuesta y a garantías vinculantes de que no se repetirá un intento similar.
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En el trasfondo de esta batalla está una lucha de poder entre dos de las entidades más poderosas del deporte mundial, una lucha cuyo desenlace definirá el futuro de la gobernanza deportiva. Como sentencia el comunicado de la UEFA: “hay momentos en los que las instituciones no se juzgan por lo que están dispuestas a aceptar, sino por aquello en lo que se niegan a ceder. Este es uno de esos momentos”.