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Hace unos días finalizó la Copa del Mundo 2026, donde España se coronó campeona del mundo ante Argentina y, ahora, el fútbol ya mira hacia su próximo gran hito. Y lo hace con una ambición que, para muchos, raya en lo desorbitado. Alejandro Domínguez, presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), lanzó una propuesta que promete redefinir el concepto del torneo mundialista: que la edición del 2030 de la Copa Mundial, que celebrará el centenario del torneo, se dispute con 64 equipos.
“Vivimos un Mundial histórico, el primero con 48 equipos, un verdadero éxito. Felicitaciones querido Gianni Infantino y a todos los amigos de la FIFA por tan grande organización. Y felicidades, España, por ser el nuevo campeón del mundo. ¡En 2030, nos vemos en casa con el sueño de jugarlo con 64 equipos para celebrar el centenario de la Copa del Mundo!”. Publicó el presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, en redes sociales.
“En 2030, llega la Copa del Mundo de Uruguay, Argentina y Paraguay. Una gran oportunidad para el futbol, para celebrar el Centenario de la Copa del Mundo con 64 equipos”, agregó.
No obstante, la idea no es completamente nueva. La propuesta se planteó originalmente en marzo de 2025 por Ignacio Alonso, presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), durante una reunión del Consejo de la FIFA. En ese memento, se expuso que el incremento en los equipos sería por ocasión única, con motivo del centenario del torneo mundialista.
La propuesta de la Conmebol, que también busca que la expansión sea sólo para esta edición conmemorativa, responde a un complejo entramado de intereses deportivos y políticos. El formato actual de 48 equipos, estrenado en 2026, resultó un éxito rotundo en entradas, con ingresos estimados en 130 mil millones de dólares para la FIFA, un aumento significativo respecto a los 76 mil millones de Catar 2022. Un torneo de 64 equipos, con 128 partidos en lugar de 104, sería un gigantesco negocio para el organismo rector.
Sin embargo, la oposición es férrea y proviene de los estratos más poderosos del fútbol mundial. El presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, calificó la propuesta como una “mala idea” que perjudicaría tanto el torneo como los procesos de clasificación. Su homólogo en la CONCACAF, Víctor Montagliani, coincide en que es un movimiento precipitado y dañino para el “ecosistema futbolístico” más amplio. La Asociación Asiática de Fútbol (AFC) también se mostró escéptica, advirtiendo que una mayor expansión podría traer “caos”.
Las críticas se centran en la posible devaluación del torneo. Con casi un tercio de las 211 asociaciones miembro de la FIFA presentes, existe el temor fundado de que la fase de grupos se convierta en una competición de clasificación glorificada, diluyendo el nivel competitivo de las primeras rondas. El argumento a favor, esgrimido por Infantino, es que dar oportunidades a las naciones más pequeñas es el mejor incentivo para el desarrollo global del fútbol. El desempeño de equipos como Cabo Verde en el Mundial de 2026, que casi eliminó a Argentina, es el principal ejemplo que esgrimen los defensores de la expansión.
Más allá de lo deportivo, las implicaciones logísticas son titánicas. Un torneo de esta magnitud requeriría, por lo menos, 16 estadios y 64 instalaciones de entrenamiento de primer nivel. Así como una infraestructura hotelera y de transporte sin precedentes. Si bien la Copa Mundial 2030 ya cuenta con una estructura inédita de seis sedes en tres continentes (España, Portugal, Marruecos y los partidos inaugurales en Uruguay, Argentina y Paraguay), el salto a 64 equipos transformaría por completo la escala del evento.
La decisión final no recae en las confederaciones, sino en el Consejo de la FIFA, compuesto por 37 miembros. La influencia de Infantino es decisiva, y su historial de expansión de torneos sugiere que la propuesta podría tener viabilidad, aunque el proceso y logística serían un reto mayor.
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Mientras el mundo digiere el éxito del primer Mundial de 48 equipos, la batalla por el futuro del balompié internacional ya está en marcha. Lo que está en juego es el alma de la Copa del Mundo: si debe ser una competición de élite donde el mérito deportivo prevalezca sobre todo, o una celebración global e inclusiva, en la que su tamaño sea su principal estandarte. El centenario de 2030 se perfila como el escenario perfecto para definir esta nueva identidad.