Accidente
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Trenes
Lo que comenzó como un viaje rutinario a bordo de uno de los trenes más modernos de Europa se convirtió, en cuestión de segundos, en una escena de hierros retorcidos y desesperación luego de que un tren de la compañía italiana Iryo se descarrilara ayer en la provincia de Córdoba, España. La dimensión de la tragedia no deja de crecer en el que ya es el accidente más mortífero en la historia del sistema de alta velocidad de España. Las autoridades confirmaron que, por lo menos, 39 personas perdieron la vida, y 152 resultaron lesionadas, 43 de las cuales aún están hospitalizadas en estado grave. Entre los heridos están cuatro niños.
Mientras las indagatorias avanzan en España, los equipos de rescate trabajan contrarreloj en acciones de búsqueda y rescate. Por su parte, el presidente de la Junta de Andalucía, José Manuel Moreno, advirtió con crudeza que es “más que probable” que la cifra de víctimas mortales aumente. El siniestro sembró una profunda preocupación sobre la seguridad de un transporte público utilizado cada año por más de 40 millones de pasajeros y que conecta ciudades clave como Madrid, Barcelona, Sevilla y Málaga.

En una comparecencia, el ministro de Transportes, Óscar Puente, calificó como extraño que el incidente ocurriera en una recta, sobre vías prácticamente nuevas. Ya que al tren involucrado lo sometieron a inspecciones técnicas hace cuatro días. Las primeras indagatorias descartan, de momento, un “fallo humano”, apuntando como posibles causas un problema en la infraestructura o en el propio material rodante.
El presidente de Renfe, Álvaro Fernández, aseveró que, por ahora, “es prematuro identificar las causas del accidente”. Pues, añadió, “se trató de un suceso complejo y poco habitual”. Y reiteró que hay que evitar especulaciones. Sin embargo, las primeras horas tras el impacto estuvieron marcadas por el caos y una angustiosa falta de información para los supervivientes.
Este accidente marca un antes y un después para el AVE, emblema de la modernidad española, que hasta ahora había mantenido un historial de seguridad intachable en sus más de tres décadas de operación. Sin embargo, la memoria ferroviaria del país aún carga con otras tragedias profundas. La más grave ocurrió en 2013, cuando el descarrilamiento de un tren Alvia en Angrois (Galicia) cobró 80 vidas. Otros siniestros, como el de Pontevedra en 2016 o el de Vacarisses (Barcelona) en 2018, habían mantenido viva la alerta sobre los riesgos del transporte sobre rieles.
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Mientras las grúas levantan los restos en Córdoba y las familias esperan noticias, España se enfrenta no solo al dolor de las pérdidas, sino a una incómoda interrogante: ¿Cómo pudo fallar un sistema tan avanzado? La respuesta, ahora, yace enterrada entre el hierro.