CDMX
Estadio Banorte
Portugal
Selección Mexicana de Futbol
Hay estadios que trascienden la geografía para convertirse en mitología. El Coloso de Santa Úrsula, conocido durante décadas como el Estadio Azteca, es uno de ellos. Atestiguó la mano de Dios de Maradona, la coronación de Pelé en 1970 y las más profundas alegrías y desventuras del futbol mexicano. Sin embargo, durante casi dos años, su imponente estructura de concreto permaneció en silencio, envuelta en andamios y en la promesa de una metamorfosis. Ese silencio termina este sábado 28 de marzo de 2026, cuando el Estadio Banorte reciba el partido amistoso entre la selección mexicana y Portugal.
El recinto reabre sus puertas tras una remodelación de fondo, marcando el inicio de una nueva etapa que no sólo devuelve la actividad al inmueble, sino que también redefine su identidad. Durante la Copa del Mundo, su nombre oficial será Estadio Ciudad de México, aunque en la memoria popular el apelativo original difícilmente desaparecerá. Lo que sí cambiará, y de manera sustancial, es la vida cotidiana que albergará bajo su estructura.
En conferencia de prensa realizada esta semana, Mikel Arriola, comisionado presidente de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), reveló los detalles del plan de ocupación que devolverá el pulso al recinto. Allí, Arriola resaltó que el también llamado “Coloso de Santa Úrsula” será la casa de tres equipos bastante populares en la capital del país: América, Cruz Azul y Atlante.
“Por cierto, ahí van a jugar el Atlante, el Cruz Azul y el América”, señaló Arriola con la naturalidad de quien anuncia un hecho ya consumado. Aunque no se precisaron las fechas del desembarco de cada institución, la confirmación oficial consolida un modelo de uso múltiple que, en otras latitudes, suele ser síntoma de crisis financiera, pero en el futbol mexicano se ha convertido en una tradición funcional.
El América, que ha hecho del estadio su bastión por generaciones, retornará a la casa que lo vio consolidarse como uno de los clubes más populares del país. Cruz Azul, que ya había alternado en el Coloso durante sus años de peregrinaje antes de asentarse en el Estadio Azul primero y en el Ciudad de los Deportes después, recupera un espacio de enorme carga simbólica. Y el Atlante, el potosino de nacimiento, pero capitalino por adopción en sus épocas de gloria, completa el tridente que devolverá al recinto la efervescencia de los fines de semana con triple cartelera.
Pero el renovado estadio no será sólo una sede compartida por clubes. La Selección Mexicana mantendrá su condición de inquilina permanente, convirtiendo al inmueble en el eje central del futbol nacional. Es una decisión que busca aprovechar la infraestructura de primer nivel que dejó la inversión rumbo a la Copa del Mundo de 2026, torneo que México coorganizará junto con Estados Unidos y Canadá.
Precisamente el Mundial es el motor que impulsó esta transformación. Arriola ofreció una cifra que dimensiona el alcance del proyecto: en México, la inversión total estimada para la justa mundialista ronda los tres mil millones de dólares. De ese total, cerca de 300 millones de dólares se destinaron exclusivamente a la remodelación del ahora Estadio Banorte —nombre comercial que adoptó el inmueble—, una inyección de recursos que, según el directivo, “le va a dar viabilidad al futbol mexicano en los próximos 30 años”.
Las declaraciones de Arriola no se dieron en un contexto aislado. Formaron parte de la presentación de la campaña “Lo hecho en México siempre gana”, una iniciativa impulsada por la FMF en conjunto con la Secretaría de Economía, la Secretaría de Turismo y el Consejo Coordinador Empresarial. El mensaje, en esencia, pretende entrelazar el fervor deportivo con la promoción de la industria nacional, utilizando el escaparate mundialista como plataforma.
La reapertura, en ese sentido, es mucho más que un partido de futbol. Es la puesta en marcha de un engranaje que aspira a convertir al deporte en un vector de proyección económica y cultural. Cuando este sábado el balón vuelva a rodar sobre su renovado césped, no sólo se reanudará un calendario deportivo. Se activará también una imagen que los capitalinos conocen bien: la de tres equipos compartiendo el mismo altar; la de una selección que busca recuperar su identidad en casa; y la de un estadio que, después de dos años de silencio, vuelve a ser el ombligo del futbol mexicano.
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En un país donde la pasión por el balompié suele fragmentarse en lealtades irreductibles, el Estadio Ciudad de México se dispone a demostrar que también puede ser un punto de encuentro. La inversión multimillonaria ya está hecha. La agenda, cargada. Ahora solo falta que el espectáculo esté a la altura de la historia que allí se ha escrito, y de la que recién comienza a escribirse.