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Mundial Femenil
En las riberas del lago Goplo, donde la niebla se encuentra con los árboles centenarios y el agua refleja un cielo cambiante, la mitología eslava cuenta historias de rusalki: ninfas de aguas dulces que habitaban los bosques y los ríos, tan bellas como indomables. Fue allí, en el umbral de lo real y lo legendario, donde surgió Islana, la mascota del próximo gran escaparate del fútbol femenino: la Copa Mundial Femenil Sub-20 que Polonia acogerá del 9 al 27 de septiembre de 2026.
No es un trabajador textil ni un águila de las llanuras. Es un ser de naturaleza juguetona, curiosa, forjado en el equilibrio que exige moverse entre el musgo y la orilla. La leyenda que la FIFA construyó en torno a esta criatura —veloz, optimista, protectora del mundo natural— no es un simple divertimento de mercadotecnia. Es una declaración de principios sobre el torneo que está por venir. Porque Islana, según el relato oficial, encuentra su destino no en una pelea ni en un rito ancestral, sino al descubrir un objeto que brillaba en la superficie del agua: un balón de fútbol, tan vivo e hipnótico como la luna.
Y hay algo profundamente cierto en ese símbolo. El fútbol femenino, durante demasiado tiempo confinado a los márgenes del imaginario colectivo, encontró en sus competencias juveniles un espejo donde mirarse y un horno donde forjar futuras leyendas. Basta recordar que fue en la edición de 2004, entonces un Campeonato Femenino Sub-19, donde una brasileña de 16 años llamada Marta Vieira da Silva comenzó a deslumbrar al mundo. Aquella joven no sólo ganaría el Balón de Oro de aquel torneo; redefiniría la historia del deporte durante las dos décadas siguientes antes de retirarse en 2025 con el reconocimiento de su legión de seguidores.
Este torneo, que celebra su duodécima edición, se convirtió en la cuna de la excelencia. Antes de que Alex Morgan se coronara campeona del mundo con Estados Unidos en 2015, ya había levantado el trofeo sub-20 en 2008. Alemania, bicampeona del mundo absoluta, forjó su estilo de poderío en las categorías inferiores. La actual campeona, Corea del Norte —vencedora en Colombia 2024— busca revalidar su cetro ante la élite mundial.
Esta vez, sin embargo, el escenario tiene el acento polaco y la logística de un evento mayor. Veinticuatro selecciones —el formato ampliado que refleja el crecimiento imparable del deporte— se darán cita en cuatro sedes que ya saben lo que es albergar partidos internacionales. Katowice, con su Spodek Arena reconvertido en estadio; Lodz, que ya fue testigo de una final del Mundial Sub-20 masculino en 2019; Sosnowiec, con su moderno Parque Deportivo Zaglebie; y Bielsko-Biala, enclavada entre montañas, serán los escenarios donde el futuro se hará presente.
“Desde la FIFA estamos preparados para recibir, de la mano de Ilana, a las jóvenes promesas que se darán cita en Polonia y animarlas a desplegar todo su talento”, declaró Roberto Grassi, jefe del Departamento de Competiciones Juveniles de la FIFA. “Tenemos el firme compromiso de organizar una Copa Mundial Femenina Sub-20 de la FIFA de primera categoría que demuestre a las futbolistas jóvenes lo que significa competir al máximo nivel y convertirse en referentes para las próximas generaciones de jugadoras, que gracias a ellas sabrán que el fútbol está al alcance de todas las personas”, agregó.
Las entradas comenzarán a distribuirse en los próximos meses, y el sorteo se celebrará en Lodz el 15 de mayo en un acto que promete reunir a leyendas de la talla de la exseleccionadora polaca Nina Patalon. Pero mientras los periodistas debaten sobre las favoritas —Estados Unidos, Japón, las potentes selecciones nórdicas o la anfitriona Polonia—, Islana ya estará observando desde el lago.
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Porque el mensaje del torneo, envuelto en una capa de cuento de hadas, es tan moderno como urgente. Se trata de que una niña en un bosque encuentre un balón y decida que su vida será el movimiento. Se trata de que, por cada Marta que se retira, surjan diez nuevas jugadoras en los campos de Lodz que crean que el fútbol no es un privilegio, sino un territorio habitable para todos. Ese es el verdadero legado de Polonia 2026: la certeza de que el brillo en la superficie del agua no era un espejismo, sino el futuro que se reflejaba a sí mismo.