Fifa
Foro Económico Mundial
Gianni Infantino
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se presentó en el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, donde ofreció una defensa apasionada del fútbol no sólo como un juego, sino como una potente herramienta de felicidad global y un proyecto de desarrollo económico sin comparación. Su discurso, centrado en la próxima Copa Mundial 2026 en Norteamérica, fusionó el lenguaje del optimismo humanista con las cifras de la macroeconomía.
Infantino pintó un cuadro idílico del poder del torneo. “El mundo se detiene durante la Copa Mundial”, afirmó, describiendo al fútbol como una fuerza única que “cambia el estado de ánimo, no sólo de la gente, sino de los países”. En un tono casi terapéutico, argumentó que en “tiempos de preocupaciones”, el balón ofrece un escape universal. “Cuando un niño patea un balón… no piensa en sus problemas. Y eso es algo que siempre tenemos que recordar”.

Pero este mensaje de unidad y alegría estuvo íntimamente ligado a la presentación del Mundial 2026 como un coloso comercial. Citando un estudio conjunto de la FIFA y la Organización Mundial del Comercio, Infantino desglosó el impacto esperado: 80 mil 100 millones de dólares de rendimiento bruto mundial, un aporte de 40 mil 900 millones al PIB global y la creación de 824 mil 000 puestos de trabajo. Las cifras, proyectadas sobre las pantallas de Davos, servían como contrapeso tecnocrático a su retórica emotiva.
La validación más tangible del “fenómeno” 2026, según Infantino, son los números de solicitudes de entradas: 500 millones, una cifra que calificó de “increíble”. “La gente quiere viajar, quiere estar unida”, insistió, presentando el torneo como un antídoto contra la desunión contemporánea.

El mensaje estuvo reforzado por una mesa redonda de lujo. Arsène Wenger, director de Desarrollo del Fútbol Mundial de la FIFA, actuó como el brazo ejecutivo de la visión. Defendió la polémica expansión a 48 equipos como una necesidad moral: “Teníamos que abrirla al mundo… a más países africanos, asiáticos”. Aseguró que todo el ingreso del torneo se reinvierte en las federaciones miembro para desarrollar infraestructuras, un ciclo virtuoso que, según él, ya es visible en sus viajes por el globo.
Alessandro Del Piero, campeón del mundo en 2006, aportó la perspectiva del mito viviente. “Lo que el fútbol puede aportar es, indudablemente, alegría”, dijo, contrastando la “guerra y las malas noticias” con el significado simple del evento. Sus palabras dieron peso emocional a la tesis de Infantino.
El evento en Davos revela la estrategia de comunicación de la FIFA para este Mundial sin precedentes. Por un lado, se apela a un sentimentalismo universal: el fútbol como lenguaje común y bálsamo para las ansiedades del planeta. Por otro, se despliega un argumentario económico impecable, diseñado para resonar en los oídos de inversionistas y escépticos que cuestionan la logística faraónica de 104 partidos en 16 ciudades.
Infantino, un hombre formado en los pasillos del poder europeo, comprendió perfectamente el auditorio. No habló sólo a los aficionados, sino que también a los potentados. Vendió el Mundial 2026 como un “proyecto de impacto”: alta rentabilidad financiera con un retorno en capital social y felicidad bruta.

Quedan, sin embargo, preguntas en el aire de los Alpes. ¿Puede un evento de esta escala, con su inevitable huella ecológica y desafíos de seguridad, mantener la promesa de intimidad y alegría comunal que Infantino proclama? ¿Se diluirá la magia deportiva en un calendario tan extenso?
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Por ahora, la FIFA lanzó su mensaje desde la cumbre del poder global: el Mundial 2026 será, a la vez, una fiesta para el alma y un formidable negocio para el mundo. Lograr que esa dualidad coexista en los estadios de Norteamérica será su próximo y definitivo reto.