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En el mundo de la inteligencia artificial, dos años son una eternidad. A principios de 2024, cuando OpenAI mostró por primera vez su modelo de generación de video al que titularon Sora. Se creyó que, después de que ChatGPT revolucionara la creación de texto, había llegado el momento para la creación de video. No obstante, el 24 de marzo, esta tan esperada obra maestra llegó a un abrupto final.
Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, anunció que la empresa cerraría definitivamente la aplicación independiente de Sora, su API para desarrolladores y las funciones de soporte de video dentro de ChatGPT. La estrella más brillante de Silicon Valley puso fin a este experimento apenas unos seis meses después del lanzamiento de la aplicación independiente de Sora.
“Nos despedimos de la aplicación Sora. A todos los que crearon con Sora, la compartieron y construyeron una comunidad a su alrededor: gracias. Lo que crearon con Sora fue importante, y sabemos que esta noticia es decepcionante”. Publicó el equipo de Sora.
Junto con Sora también se fue una alianza que había despertado grandes expectativas: la inversión de mil millones de dólares de Disney. Así como el acuerdo de propiedad intelectual asociado. De acuerdo con fuentes cercanas, los equipos de ambas compañías estaban negociando el proyecto la noche anterior a la decisión. Tras finalizar esa reunión, Disney se enteró de que todo el negocio de Sora sería cancelado, una noticia que los tomó por sorpresa.
“A medida que el campo emergente de la inteligencia artificial avanza rápidamente, respetamos la decisión de OpenAI de salir del negocio de generación de video y reorientar sus prioridades”, declaró Disney en un comunicado. Detrás de este comunicado de tono mesurado se esconde el desenlace discreto de un breve matrimonio entre Silicon Valley y Hollywood.
Para algunos, la salida de Sora parece repentina, incluso con un dejo de frialdad. Pero si se analiza a fondo la situación actual de la empresa, todo esto tenía señales claras.
En primer lugar, los costos operativos eran insostenibles. La potencia computacional necesaria para generar un video de alta calidad es cientos o incluso miles de veces superior a la requerida para generar texto. De acuerdo con Forbes, OpenAI gastaba alrededor de 15 millones de dólares al día en su negocio de video corto con IA. Lo cual suponía un desembolso anual de unos cinco mil 400 millones de dólares.
Paralelamente, el interés de los usuarios se desvanecía rápidamente. Según datos de Appfigures, las descargas de Sora cayeron un 32 por ciento en diciembre del año pasado. Y, en enero de 2026, se desplomaron otro 45 por ciento, sacando a la aplicación del top 100.
En segundo lugar, surgieron dudas y conflictos internos. Según informaron varios medios, cuando Sora salió al mercado, ya había empleados que cuestionaban por qué la empresa destinaba recursos computacionales tan costosos y escasos a este “juguete”, en detrimento de la asignación de potencia para productos centrales como ChatGPT. La estrategia de OpenAI de abarcar múltiples frentes había sido objeto de críticas. Y las distintas líneas de productos no sólo complicaban la estructura organizativa, sino que también generaban fricciones internas.
La razón más profunda radica en la feroz competencia externa. Mientras OpenAI continuaba explorando esta “misión secundaria” de generación de video, su competidor Anthropic, con su modelo Claude especializado en programación, avanzaba a pasos agigantados en el mercado empresarial.
Para Wall Street, esta serie de reestructuraciones aparentemente “caóticas” de OpenAI apuntan en realidad a un destino claro: la oferta pública inicial. Según se informa, OpenAI está trabajando para justificar su valoración de 730 mil millones de dólares y prepararse para una OPV que, según las previsiones, podría realizarse a finales de este año. Bajo la atenta mirada de los mercados de capital, un negocio de video con alta inversión, baja rentabilidad y plagado de controversias legales era sin duda un lastre.
Los cálculos de Goldman Sachs indican que OpenAI registra una pérdida de 0,69 dólares por cada dólar de ingresos. En 2025, sus ingresos anuales superaron los 20 mil millones de dólares; pero las pérdidas se estiman entre 14 mil y 17 mil millones. Sarah Friar, directora financiera de OpenAI, admitió: “Debemos construir una empresa que esté preparada para cotizar en bolsa”.
En este contexto, el cierre de Sora era una necesidad inevitable. OpenAI está reorientando todos sus recursos y su mejor talento hacia las “herramientas de productividad”: productos de alto valor que pueden utilizarse simultáneamente por empresas y usuarios individuales. La semana pasada, la empresa anunció la integración de la aplicación de escritorio de ChatGPT, la herramienta de programación Codex y su navegador en una única “súper aplicación”.
Para los creativos y los usuarios más fieles de Sora, esta es sin duda una noticia decepcionante. El equipo de Sora se despidió en las redes sociales con un mensaje: “Sabemos que esta noticia es decepcionante”.
Pero, estrictamente hablando, la tecnología de Sora no ha muerto. En su comunicado, el portavoz de OpenAI dejó claro que el equipo de investigación de Sora seguirá centrado en la investigación de “simuladores del mundo” para apoyar la robótica y ayudar a las personas a resolver problemas físicos del mundo real.
Dicho de otra manera, la tecnología que antes se utilizaba para generar al ratón Mickey y escenas de “caminando bajo la lluvia” se está “reorientando” o reestructurando para servir a la IA corpórea y la robótica: un ámbito de mayor importancia estratégica y con mayor potencial para generar valor industrial.
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En 2024, cuando se presentó Sora, Altman afirmó que se trataba principalmente de un producto de entretenimiento. Y que su uso en pequeños grupos para compartir memes divertidos había superado las expectativas. Ahora, con el ocaso de Sora, la industria de la IA parece estar despidiendo aquella era de derroche y expansión sin límites para adentrarse en una etapa de cálculos precisos y búsqueda de rentabilidad comercial.
En el camino hacia la inteligencia artificial general, OpenAI optó por sobrevivir primero. Sólo que aquel sueño de permitir que cualquiera pudiera crear videos a partir de texto queda, por ahora, confinado en los profundos centros de datos de Silicon Valley.