Copa del Mundo 2026
Inglaterra
México
El rayo que partió el cielo sobre la capital mexicana no fue el único relámpago de la noche. También lo fue Jude Bellingham, cuyos dos destellos en el primer tiempo fulminaron las esperanzas de una nación que soñaba con romper su maldición en los octavos de final en esta Copa del Mundo 2026. El resultado, un 3-2 que supo a epopeya para los ingleses y a tragedia para los anfitriones, dejó escrito en el césped del Estadio Banorte un capítulo más en la historia de la ilusión mundialista nacional.
El partido, que retrasó su inicio por una tormenta eléctrica —un presagio de la tormenta que vendría después—, comenzó con una intensidad que ya anticipaba el drama. México, arropado por más de 80 mil almas en el Coloso de Santa Úrsula, asumió el protagonismo desde el primer minuto. Pero, como suele suceder en las grandes noches, el fútbol no entiende de merecimientos ni de posesión.
Al minuto 36, Bukayo Saka, con la precisión de un cirujano, colgó un balón al segundo palo. Bellingham apareció como un espectro, conectando un cabezazo que estremeció al gigante de concreto. Apenas 98 segundos después, el propio Bellingham, asistido por Harry Kane, firmó el doblete que hacía presagiar una noche trágica para el Tricolor.
México, sin embargo, no es un equipo que se rinda en su casa. Al 42’, Julián Quiñones, aprovechando un rechace defensivo en una jugada a balón parado, desató un remate imparable para Jordan Pickford que devolvió la ilusión al estadio. El descanso llegaba con un 2-1 que, aunque adverso, mantenía vivo el sueño mexicano.
La segunda mitad arrancó con una vuelta de tuerca que parecía inclinar definitivamente la balanza. En el minuto 54, el árbitro, tras revisión del VAR, sacó tarjeta roja a Jarell Quansah por una entrada temeraria sobre Jesús Gallardo. Inglaterra, con diez hombres, se enfrentaba a su peor pesadilla. La historia, no obstante, tenía otros planes.
Lejos de venirse abajo, la escuadra de Thomas Tuchel no bajó la guardia. En el minuto 60, el portero mexicano Tala Rangel derribó a Anthony Gordon dentro del área. Harry Kane, como un veterano de mil batallas, asumió la responsabilidad y transformó el penalti en el 3-1, silenciando a la multitud y sumando su sexto gol en el torneo y el decimocuarto en su carrera mundialista. Con ello, igualó a la leyenda alemana Gerd Müller en el quinto puesto histórico de máximos goleadores.
El drama aún no terminaba. En el minuto 69, Kane, al intentar despejar dentro del área, golpeó el pie de Brian Gutiérrez, derivando en otro penalti, ahora en favor de México. Raúl Jiménez, con una parada en la carrera que engañó a Pickford, recortó distancias para el 3-2. El Azteca rugió. Los últimos veintiún minutos, más el añadido de once, fueron un asedio constante de México, un monólogo de desesperación que chocó una y otra vez contra un muro llamado Pickford y la defensa inglesa.
Inglaterra, con un hombre menos y a más de dos mil 200 metros de altitud, no sólo sobrevivió; compitió y venció. Ahora se medirán contra Noruega en los cuartos de final en Miami, mientras que México se despidió del torneo con su mejor actuación en décadas; pero con la espina clavada de no llegar a los octavos de final, una barrera que no supera desde 1986, cuando precisamente fue anfitrión.
Las estadísticas, frías, cuentan parte de la historia. México disparó 23 veces; pero solo cinco a puerta. La posesión fue abrumadoramente tricolor (66 por ciento); pero los goles y la épica se vistieron de blanco. Julián Quiñones igualó a Javier Hernández y Luis Hernández como máximos goleadores mexicanos en Mundiales, pero su gesta personal no resultó suficiente para sostener el peso de la historia. Erik Lira completó 68 de 70 pases, un testimonio de la paciencia y control del juego mexicano que, sin embargo, no encontró la manera de descoser el entramado defensivo inglés.
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Esta derrota, aunque dolorosa para México, revela la nueva jerarquía del fútbol. Inglaterra, finalista en las dos últimas Eurocopas, demostró que la inteligencia táctica y la capacidad para sufrir son tan importantes como el talento. Para el seleccionado tricolor, la eliminación es un recordatorio de la fina línea que separa la gloria del fracaso en el fútbol de alta competencia, sobre todo en una fase de eliminación directa donde los errores se pagan caro.