Café Tacuba
Spotify
Café Tacvba, uno de los grupos más influyentes e innovadores del rock en español, solicitó formalmente el retiro de toda su discografía de Spotify. Este acto de desafío, dirigido contra el gigante del streaming y las disqueras que administran sus derechos, no es un simple cambio de plataforma, sino una acusación condenatoria sobre la ética, la economía y el alma misma de la industria musical contemporánea.
La noticia la reveló directamente Rubén Albarrán, el carismático y filosófico vocalista de la banda, a través de un video publicado en sus redes sociales. Con la seriedad de un enviado diplomático, Albarrán confirmó enviaron una petición formal a Universal Music México y Warner Music México, las corporaciones que poseen los derechos de explotación de su música, exigiendo la desconexión total de Spotify.

Los motivos, expuestos con una claridad moral que rara vez se escucha en los cuidados comunicados de la industria, forman un tríptico de descontento. Primero, la banda articula un rechazo visceral a lo que percibe como la complicidad financiera de Spotify en “guerras y acciones reprobables”. Albarrán mencionó las inversiones de la plataforma en fabricantes de armamento y su aceptación de publicidad del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos, agencia cuyo papel en las deportaciones es blanco de críticas generalizadas.
“Personalmente invito a nuestros seguidores a que escuchen nuestra música en otras plataformas. O mejor aún que la boicoteen [a Spotify] y no formen parte de los abusos del poder, de las guerras en curso, la violencia. Es momento de crear un nuevo mundo, más justo, horizontal, y donde la música siga teniendo valor, significado, acompañe a las personas y los pueblos, les brinde apoyo, alegría, esperanza”. Externó Albarrán, quien agregó que no quieren que las regalías de su música se empleen para patrocinar guerras.
En segundo lugar, la protesta apunta al corazón económico del modelo de streaming. Albarrán calificó sin ambages los pagos por regalías como “de miseria” y denunció el sistema de reparto como “un royalty pool totalmente injusto”. Dicha queja, común entre artistas de todos los niveles, adquiere un peso distinto cuando proviene de una banda con décadas de trayectoria y un catálogo venerado, subrayando la persistente incapacidad del modelo para remunerar de manera justa el trabajo creativo que lo sustenta.
El tercer pilar de su argumento es cultural y casi existencial: una advertencia contra el avance de la inteligencia artificial en la creación musical. Para Albarrán, esta tecnología no sólo es una herramienta, sino una fuerza que “afecta negativamente a los músicos y al significado de la música”. En su visión, el arte debe conservar su valor humano y su capacidad de “apoyar a los pueblos y darles fuerza”, una función que teme se diluya en un panorama digital automatizado.

El llamado de Café Tacvba trasciende su propia música. Albarrán invitó abiertamente a sus seguidores a migrar a plataformas alternativas. Y, en un gesto provocador, a considerar un boicot a Spotify. Su objetivo, parece, no es únicamente la desvinculación, sino encender un debate más amplio. La carta formal a las disqueras pide el retiro por “incompatibilidad” con su visión ética y artística, transformando un contrato de licencia en una cuestión de principios.
La industria observa ahora, a la espera de la respuesta de Universal y Warner. ¿Acatarán las disqueras la petición de uno de sus sellos más prestigiosos, arriesgando un ingreso constante y cediendo a una presión moral? ¿O priorizarán la relación con la plataforma de streaming más dominante del mundo?
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Más allá del resultado legal, Café Tacvba, al alzar la voz contra Spotify, logró algo poderoso: utilizó su capital cultural para plantear preguntas incómodas sobre el costo real de la conveniencia digital. En un mundo donde la música se volvió un flujo silencioso e infinito, ellos exigen, una vez más, que tenga un significado. Y que ese significado no tenga sangre ni algoritmos en sus manos.