Salsa
Willie Colón
El sonido áspero y metálico de su trombón fue la banda sonora de las calles, el eco de la diáspora puertorriqueña y el puente que conectó el barrio con el mundo. Willie Colón, el “Malo del Bronx” que redefinió la salsa al convertirla en crónica urbana y vehículo de conciencia social, falleció el sábado por la mañana en un hospital de Nueva York a los 75 años.
Su familia confirmó la noticia a través de un comunicado publicado en las redes sociales del músico. “Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia”, reza el mensaje. Aunque no se especificó la causa oficial del deceso, fuentes cercanas indicaron que el artista había sido ingresado días antes en el Lawrence Hospital de Bronxville, Nueva York, debido a complicaciones cardíacas y respiratorias.
“Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música y los recuerdos queridos que creó, los cuales vivirán por siempre. Nuestra familia está profundamente agradecida por sus oraciones y apoyo durante este tiempo de duelo”. Agregó la familia al mismo tiempo que pidieron privacidad en este momento.
Nacido como William Anthony Colón Román el 28 de abril de 1950 en el sur del Bronx, su herencia puertorriqueña fue el cimiento sobre el que construiría un imperio musical. Creció en un entorno de migración latina, marginalidad y ebullición cultural, elementos que más tarde tejería en sus letras y en la estética visual de sus álbumes. “Vengo de un barrio bien difícil”, confesó en una entrevista con Billboard. “Mi papá estuvo en la cárcel. Yo podía ser un gánster malo en la música, pero sin hacerlo de verdad”.
La historia de la salsa moderna no puede entenderse sin la firma de Colón. Con apenas 15 años, el adolescente que había cambiado la trompeta por el trombón llamó la atención de Jerry Masucci y Johnny Pacheco, los fundadores de Fania Records. El sello, que se convertiría en la “Fania All Stars” y en el epicentro del movimiento salsero, vio en aquel joven del Bronx un potencial descomunal.
Su álbum debut, El Malo (1967), grabado cuando tenía 16 años, fue una declaración de principios. Críticos y músicos lo recibieron con escepticismo por su sonido crudo y sin pulir, pero la calle lo abrazó. Aquella obra, junto a un carismático y desconocido cantante llamado Héctor Lavoe, se convirtió en la piedra angular de la salsa dura, vendiendo cientos de miles de copias y definiendo la estética del “chico malo” que desafió los cánones establecidos.
La mancuerna Colón-Lavoe resultó explosiva. Juntos popularizaron himnos instantáneos como “Calle Luna, “Calle Sol”, “Che Che Colé” y “El día de mi suerte”, canciones que retrataban con crudeza y poesía la vida del latino en Nueva York. Tras la separación del dúo a mediados de los setenta, Colón demostró que su visión iba más allá de un solo compañero de ruta.
En 1977, presentó al mundo a un abogado panameño con letras incisivas: Rubén Blades. El álbum Metiendo mano fue el preludio de la obra maestra que llegaría al año siguiente. Siembra (1978) no fue sólo un disco; fue un fenómeno sociocultural. Con temas como “Plástico” y la épica de siete minutos “Pedro Navaja” —una historia existencialista de gánsteres y prostitutas con guiños a Kafka y Kurt Weill—, el álbum rompió todas las barreras. Rolling Stone lo situaría más tarde en el número uno de su lista de los 50 mejores álbumes de salsa de la historia, destacando que “la mayor virtud del dúo fue mantenerse fiel al espíritu exuberante de la salsa y demostrar que su núcleo emocional no tenía límites”. Con más de tres millones de copias vendidas, Siembra sigue siendo el disco más vendido en la historia del género.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Colón nunca se limitó al estudio de grabación. Su compromiso con la comunidad latina trascendió las notas musicales. En la década de los 90, incursionó en la política, postulándose en las primarias demócratas para el Congreso por el distrito 17 de Nueva York en 1994. Y, más tarde, para la defensoría del pueblo de la ciudad.
Su faceta como activista cívico lo llevó a servir como asesor del entonces alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, durante más de una década. En un giro sorprendente que confirmaba su personalidad poliédrica, en 2014, a los 64 años, se graduó y fue juramentado como agente de la policía en el condado de Westchester, un cargo que ejerció a tiempo parcial durante ocho años, retirándose como teniente adjunto en 2022.
Su legado discográfico es abrumador: más de 40 producciones, 30 millones de copias vendidas, 15 discos de oro, cinco de platino y múltiples nominaciones al Grammy. Colaboró con todo aquel que tuviera algo que decir: desde la mismísima Celia Cruz —con quien grabó el memorable Celia y Willie— hasta David Byrne, pasando por Tito Puente e Ismael Miranda.
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Willie Colón deja un vacío irremplazable en la música latina, pero también un mapa sonoro para quienes busquen entender las complejidades de la identidad, la migración y la resistencia a través del ritmo. Su cuerpo descansará en privacidad, como pidió su familia, pero su espíritu —el del trombón irreverente que rugió desde las entrañas del Bronx— seguirá sonando en cada esquina del mundo donde alguien, en cualquier noche, grite: “¡Calle Luna, calle Sol, el mes está por llegar!”.